No seáis
rebelde
Sabemos que la rebeldía es un acto que
trae muchas consecuencias, pero cuántas veces nos hemos
rebelado contra nuestros padres, maestros, o contra cada
persona que, de una u otra manera, debemos rendirle
obediencia, y no lo hacemos; lo cierto es que el ser
humano, es un ser rebelde por naturaleza que siempre se
aparta de las leyes e intenta obedecer a sus caprichos y
deseos.
El primer rebelde fue Satanás, el
arcángel encargado de dirigir las alabanzas en los
cielos, que fue creado perfecto, como el mismo Dios y
era el ángel amado de nuestro Dios; pero entró la
soberbia en su corazón, se llenó de orgullo a causa de
su perfección y belleza, y además, quiso ser igual que
Dios, y así fue como empezó a crear un ejército para que
se rebelen contra su Creador, por lo que Dios los
desterró de los cielos y terminaron vagando en la
Tierra.
Los primeros hombres rebeldes fueron Adán
y Eva, Génesis 2:17 Génesis
3:6-7, quienes desobedecieron una orden
directa de Dios, por lo que el pecado entró en sus
corazones y luego entró la muerte en ellos; así llegamos
a nuestros tiempos donde la rebeldía, la desobediencia,
la altivez, y la soberbia son pecados que aborrece Dios
porque cambian el orden de las cosas en la creación.
Leamos la Palabra de Dios en
Isaías 14:12-15
“¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana!
Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las
naciones. Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo;
en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi
trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los
lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré,
y seré semejante al Altísimo. Mas tú derribado eres
hasta el Seol, a los lados del abismo”.
Precisamente por el orgullo, nadie se
reconoce rebelde, pero ¿Cómo podemos visualizar si es
que lo somos?, bueno, normalmente las personas que van
camino a la rebeldía comienzan a perder el interés de
buscar a Dios, entonces les da lo mismo congregarse que
no hacerlo, le da lo mismo trabajar para el Señor que no
hacerlo, y es que cuando comenzamos a dejar de buscar a
Dios y a dejarlo de lado, cuando la rebeldía se está
comenzando a instalar en nuestra vida.
El segundo paso es dejar de ver las cosas
que antes lo hacíamos, entonces empezamos a pensar y
creer que lo que pensábamos o creíamos malo ya no lo son
del todo, y las cosas buenas comenzamos a verlas como no
tan buenas, y cuando empezamos a pasar por alto los
“pecaditos”, es donde la rebeldía está empezando a dar
frutos, por lo tanto, “Mirad, hermanos, que no haya
en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para
apartarse del Dios vivo; antes exhortaos los unos a los
otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que
ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del
pecado. Porque somos hechos participantes de Cristo, con
tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza
del principio” Hebreos
3:12-14.
Y una vez que el pecado comenzó a dar
frutos, comenzamos a ser autosuficientes y caminamos con
nuestras propia fuerza, queremos modificar el mundo con
nuestra propia opinión, hacemos lo que queremos y no lo
que Dios desea que hagamos, ya la rebeldía ha ganado
nuestro corazón y el “YO” se hace cada vez más
importante y creemos que todo lo podemos en nosotros
mismos, transformándonos en orgullosos y rebeldes,
“Porque de la abundancia del corazón habla la boca. El
hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas
cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas
cosas” Mateo 12:34-35.
La mayoría de las personas rebeldes
tienen envidia y orgullo en su corazón, además de un
corazón lleno de rencores y amarguras; y por esto, bien
podríamos comparar la rebeldía con un trabajo de
hechicería, ya que llega a controlar a la persona y
hacer lo que le plazca con él, por supuesto que dejando
a Dios de lado.
Pero con Cristo es posible dejar de ser
rebelde y empezar a caminar por el camino correcto; para
esto hay que entregarse completamente a Dios, “Así
que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios,
que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo,
santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional.
No os conforméis a este siglo, sino transformaos por
medio de la renovación de vuestro entendimiento, para
que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios,
agradable y perfecta”
Romanos 12:1-2.
Debemos comenzar a buscar a Dios en todo
tiempo, pues si buscamos a Dios, podremos encontrarlo,
“Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro
refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras
blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza
de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que
veas. Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé,
pues, celoso, y arrepiéntete. He aquí, yo estoy a la
puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta,
entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo”
Apocalipsis 3:18-20;
pero al Señor se lo encuentra en la humildad, pues “Los
sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado”, y por
eso se alegra con los corazones humildes, quebrantados,
y dispuestos a escuchar su voz.
Y uno de los frutos de la humildad, del
quebranto del corazón, y del escuchar la voz del Señor,
es la paz interior, “mi paz os doy; yo no os la doy
como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni
tenga miedo” Juan 14:27,
y para disfrutar de esa paz debe haber perdón, pues el
Señor te permite perdonar por encima de tus propias
fuerzas a fin de que tengas paz, y de eso se trata el
compartir el evangelio.
Ahora…., el Señor nos enseña a orar así:
“Padre nuestro que estás en los cielos, santificado
sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como
en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de
cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestras deudas,
como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y
no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque
tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los
siglos. Amén. Porque si perdonáis a los hombres sus
ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre
celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus
ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras
ofensas” Mateo 6:9 -15.
Sabemos que no es tan sencillo perdonar,
muchas veces no es tan fácil porque no nos brota del
corazón a causa de heridas que tenemos en el corazón a
partir de la relación con los demás, pero se puede; como
leemos en la Biblia, “se le acercó Pedro y le dijo:
Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque
contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta
siete, sino aun hasta setenta veces siete”
Mateo 18:21-22, es decir
que el Señor no pide solamente perdonar alguna vez
cuando tengamos ganas, sino muchas veces, es decir
siempre.
En la vida solo se aprende a perdonar
cuando hemos necesitado que nos perdonen, ya que sabe
perdonar aquel que recibió perdón; y es una realidad que
ciertas enfermedades físicas podrían estar relacionadas
con el resentimiento, por lo que aquel que no puede
perdonar puede sufrir problemas emocionales como
ansiedad, amargura, sentimiento de culpa y además afecta
la relación con Dios e impide el crecimiento
espiritual?.
Hoy, el Señor viene a decirnos: Para que
puedas crecer, para que puedas ser sano, “Yo, yo soy
el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no
me acordaré de tus pecados”
Isaías 43:25, pero el perdón empieza por casa,
empieza por tu corazón, se relaciona con tu propia
historia, mira tu espalda cargada con culpas, culpas que
hasta son ajenas y que te esclavizan.
Perdónate, mírate como Dios te mira, como
Jesús miraba a la prostituta, como miraba al ladrón que
moría a su lado en la cruz y como miraba a los pecadores
que se sentaban a comer con Él; anímate a buscar en
aquellos lugares del corazón donde nunca te diste
permiso para amarte y para reconciliarte contigo mismo,
y seguramente en ese lugar encontrarás la fuente del
perdón para un hermano, un amigo, un vecino, un
pariente, un compañero de trabajo que necesita de tu
perdón, pues de esta manera mostramos al mundo el
rostro misericordioso de Dios y el amor del Cristo que
habita en nuestro interior.
Te invito a que puedas visitar tus
propios lugares de reconciliación y perdón, y que
seguramente son muchos; lugares que tienen que ver con
tu infancia, con tu adolescencia, con tu noviazgo, con
tu matrimonio, y porqué no, con su vida de cristiano,
tiene que ver con que te perdones y que perdones a otros
las ofensas que te hicieron y las que hiciste, detente
frente a quienes ni siquiera te animas a recordarlos
porque te causan dolor en el corazón.
Detente en ese lugar diciéndote a ti
mismo: Acá quiero recibir el perdón en este pedacito de
mi historia, en esta etapa de mi vida, abro mi corazón
para recibir del Señor la gracia del perdón; y desde
allí quiero perdonar, quiero estar en paz, quiero
realmente estar en paz; perdónate y vas a poder
perdonar, reconcíliate y vas a poder ser instrumento de
reconciliación, serás hija de Dios, hijo de Dios, y vas
a estar trabajando por la paz en la obra del Señor.
Piensa que cuando uno no se perdona a sí
mismo es más fácil volver a caer una y otra vez, caemos
en el mismo pecado por no estar sentados en ese lugar
donde Dios ya nos perdonó, donde ya nos entregó el
perdón y la misericordia; y esto sucede porque la
resistencia del orgullo no nos permite ir hasta el lugar
donde Dios está esperándonos para perdonarnos como Él
nos perdona.
El enemigo no tiene ninguna posibilidad
de vencer o detener el caminar de un hijo de Dios,
“Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu
vida; como estuve con Moisés, estaré contigo; no te
dejaré, ni te desampararé”, pero siempre que no seas
rebelde, “Solamente esfuérzate y sé muy valiente,
para cuidar de hacer conforme a toda la ley que mi
siervo Moisés te mandó; no te apartes de ella ni a
diestra ni a siniestra, para que seas prosperado en
todas las cosas que emprendas”, y el cobarde también
tiene su lugar, pero ese lugar no es con Dios.
No dejes que el diablo te haga recordar
tu pasado pues el pasado no importa, lo que importa es
lo que está por venir, lo que importa es el aquí y
ahora, Dios no quiere más de lo mismo; hoy puedes ser
una nueva criatura si tú quieres, pero solo si tú dejas
tu rebeldía y quieres comenzar esa nueva vida en Cristo.
Comienza en este momento diciéndole al
Señor: “Me confesé, me perdonaste, no siento haberme
perdonado pero creo que me has perdonado y quiero
perdonarme aunque no lo sienta, y lo hago porque creo en
tu perdón, y en la capacidad tuya de juntar lo separado,
creo Señor, que en el poder de la cruz y que en la
fuerza de tu perdón de la cruz atraes a todos hacia Ti”.
Anímate, en un acto de fe, a decirte: “Me
perdono porque me perdonaste, me amo porque me amas, me
quiero porque me quieres, y en este lugar nuevo me
encuentro contigo Señor”.
©
Luis A. Coria