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Desechando toda malicia

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La Biblia relata una serie de persecuciones de Saúl contra de David, y la causa es la misma que se ve muchas veces en la historia de la humanidad, es el pecado de la envidia que llenó el corazón de Saúl, transformándolo en enemigo de David, el joven que fue escogido y usado por Dios para derrotar al gigante, y “cuando David volvió de matar al filisteo, salieron las mujeres de todas las ciudades de Israel cantando y danzando, para recibir al rey Saúl, con panderos, con cánticos de alegría y con instrumentos de música. Y cantaban las mujeres que danzaban, y decían: Saúl hirió a sus miles, Y David a sus diez miles. Y se enojó Saúl en gran manera, y le desagradó este dicho” 1 Samuel 18:6-8.

Fue tanto el impacto de la victoria de David, que el pueblo y las mujeres cantaban y danzaban gozando de gran manera el triunfo, pero aquello no agradó a Saúl y terminó abriendo su corazón a la envidia que terminó destruyéndole.

Leamos la Palabra de Dios en Mateo 27:15-20 “Ahora bien, en el día de la fiesta acostumbraba el gobernador soltar al pueblo un preso, el que quisiesen. Y tenían entonces un preso famoso llamado Barrabás. Reunidos, pues, ellos, les dijo Pilato: ¿A quién queréis que os suelte: a Barrabás, o a Jesús, llamado el Cristo? Porque sabía que por envidia le habían entregado. Y estando él sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir: No tengas nada que ver con ese justo; porque hoy he padecido mucho en sueños por causa de él. Pero los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron a la multitud que pidiese a Barrabás, y que Jesús fuese muerto”.

El tema de la envidia es muy serio y es oportuno tratarlo con frecuencia, pues grandes conflictos de relaciones humanas brotan desde el manantial de la envidia; el diccionario de la RAE presenta este pecado de la siguiente manera: Es la tristeza o pesar del bien ajeno y el deseo de algo que no se posee”.

De acuerdo a esto, la envidia es sentir tristeza o pesar porque a otro le va bien, es decir que al envidioso, lo que no le agrada no es algún objeto que un otro pueda tener, sino la felicidad en ese otro, por lo que podemos concluir que la envidia es la madre del resentimiento, un sentimiento que busca que al otro le vaya peor.

Y de acuerdo a la segunda acepción, la envidia es deseo de poseer algo que otro posee, es decir que lo envidiado no es un sujeto sino algo material, intelectual, o espiritual, y por lo tanto sería el desagrado por no tener algo y el afán de poseer ese algo.

Una tercera posibilidad sería la combinación de las dos, pero cualquiera sea el caso, la envidia es un sentimiento que nunca produce nada positivo en el que lo padece sino una tremenda amargura que necesariamente se disfraza o se oculta, y no sólo ante otros, sino también ante sí mismo.

La biblia toma a la envidia como pecado y asumiendo que nuestra naturaleza pecaminosa tiene esta semilla, debemos saber que se puede desarrollar en cualquier momento y llenar nuestro corazón, y contaminará inclusive a otros; lo lamentable es que la envidia no solo destruye al envidioso, sino que daña al envidiado, vemos a Saúl lleno de envidia pasando sus días odiando y persiguiendo a David, el envidiado.

El envidioso ataca, difama y enfatiza los errores y debilidades del envidiado para desacreditarlo, “Cruel es la ira, e impetuoso el furor; Mas ¿quién podrá sostenerse delante de la envidia?” Proverbios 27:4, lo que revela la crueldad y la potencia de ese pecado que se presenta como carcoma de los huesos, Proverbios 14:30, lo que nos hace pensar en el daño progresivo que la envidia produce, ya que la envidia carcome, destruye y derriba lo que tomo tiempo en construir.

Por lo general, el envidioso oculta sus sentimientos y no está dispuesto a reconocer el pecado, pero en vano ocultamos esta condición ya que el Señor nos conoce plenamente; el cristiano inmaduro y que tiene envidia, nunca reconocerá lo que está sintiendo y difícilmente pedirá perdón por su pecado ya que no reconoce que lo tiene.

La Biblia es insistente en este tema pues se da con frecuencia en las relaciones interpersonales tanto seculares como en la iglesia, por eso nos dice que “andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia, sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne” Romanos 13:13-14.

Cuando recién llegamos a la iglesia, pensábamos que cada integrante de una iglesia ya no pecaba más y que sus vidas eran integras y plenas, pero cuando vimos que no siempre es así, pues hay quienes pasan la vida sin cambiar pues no están dispuestos a entregar su vida a Cristo, aprendimos la lección y fue un gran impacto a nuestra vida, pues la realidad es que la iglesia del Señor está compuesta por seres humanos pecadores que constantemente se equivocan, y por lo tanto, muchos pecados aparecen en medio de los cantos y gritos de júbilo, entre ellos, la envidia.

Es así que vemos que la iglesia más carnal que la biblia muestra es la iglesia de Corinto, pues había pecado de incesto, partidismos, pleitos, se cuestionaba el apostolado de Pablo y por cierto, había envidia entre los hermanos, y “delante de Dios en Cristo hablamos; y todo, muy amados, para vuestra edificación. Pues me temo que cuando llegue, no os halle tales como quiero, y yo sea hallado de vosotros cual no queréis; que haya entre vosotros contiendas, envidias, iras, divisiones, maledicencias, murmuraciones, soberbias, desórdenes” 2 Corintios 12:19-20.

La iglesia gozaba de cierta abundancia de dones espirituales, pero también había mucha carnalidad entre los hermanos, y la envidia era una constante entre ellos; y es frecuente que en las iglesias se envidien los dones y capacidades que Dios, en su soberanía ha repartido a cada uno en particular, produciendo murmuraciones, grupos y pleitos entre ellos, “porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres? Porque diciendo el uno: Yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: Yo soy de Apolos, ¿no sois carnales? ¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído; y eso según lo que a cada uno concedió el Señor. Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento” 1 Corintios 3:3-7.

No hay algo más triste que envidiar a un hermano, sea por lo que tenga en términos materiales o en lo espiritual, envidia por asuntos seculares y por asuntos ministeriales, envidia por lo que el otro posee y por lo que Dios le ha dado, pues esos sentimientos son los que comienzan a quebrar la unidad de la iglesia, y por eso Pablo dice que “si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu. No nos hagamos vanagloriosos, irritándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros” Gálatas 5:25-26, ya que la envidia no solo carcome al envidioso, sino a toda la iglesia.

La envidia nos enceguece y puede llevarnos a predicar el evangelio por envidia, es decir, fingir ser un predicador por envidia a quienes sí han sido llamados a predicar, pero todo preso de la envidia, tarde o temprano será causante de contienda y destrucción, a lo que Santiago nos dice: “¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” Santiago 4:1-3.

Son hermanos que codician aquello que no logran conseguir, son por lo general, aquellos que por causa de la envidia no reciben lo que tanto anhelan, ya que la envidia es una resistencia a la gracia de Dios; los que viven envidiosos no soportan la prosperidad y los avances del otro, se entristecen cuando el otro es bendecido y usado por Dios, se molestan al ver fluir la gracia y la bendición en sus hermanos.

La excelencia y el triunfo siempre traen envidia, Dios te va a bendecir en el área económica, afectiva, personal, espiritual, o en cualquier área y habrá gente que se levantará de envidia por el logro que tuviste pues se envidian los logros, el reconocimiento, tu casa, tu dinero, tu familia, tu pareja, tus amigos porque tu brillo opaca al envidioso; la envidia es un sentimiento de destrucción, de quitarte lo que has logrado, y si Dios nos prometió éxito se levantarán envidiosos, es así que vemos que cada vez que Pablo llegaba a una ciudad y predicaba y todo el mundo lo seguía, entonces se levantaban los envidiosos y lo apedreaban, y si eres un hombre de éxito siempre habrá persecución.

El que envidia y descalifica con palabras siempre tratará de buscar amigos, hablará con otros para envenenarlos, porque el envidioso no quiere que los demás triunfen y querrá hacerte su aliado para que te enfermes, pues la envidia siempre enferma, “corroe los huesos”, dice Salomón.

Caín y Abel le llevaron ofrenda a Dios y Dios aceptó, delante de Caín, la ofrenda de Abel, y si Caín sabía celebrar la bendición de su hermano, la misma bendición hubiera caído sobre él; aprendamos entonces que cuando alguien prospera, mejora, avanza, Dios está mirando nuestra reacción, y si hay crítica, murmuración, celos, envidia, persecución, es porque no estamos en condiciones para recibirla nosotros.

La envidia está oculta y nadie puede mostrarla con pruebas y sin dudar ya que se esconde en las cavernas más oscuras del corazón del hombre; es parte de una realidad que no podemos ocultar y que a través de la historia de la iglesia ha dejado como saldo a cientos de contiendas, disputas y pleitos en medio de las congregaciones que ensucian el testimonio de Cristo, apagan el Espíritu, detienen el avance de la obra en el Señor y muestran un triste espectáculo ante un mundo incrédulo que se burla y se justifica de estar afuera de la iglesia.

Entonces, si queremos hacer crecer la obra del Señor, si queremos mostrar que nuestra vida ha cambiado, que nos hemos convertido verdaderamente, hagamos caso a consejos como el de Pedro cuando dice: “Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones, desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación, si es que habéis gustado la benignidad del Señor” 1 Pedro 2:1-3.

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